Cosmología china

Autor: Rafael de Mora

Desde el principio de los tiempos, el hombre ha alzado su mirada al cielo buscando respuestas sobre su origen y destino. Todas las civilizaciones han construido su propia cosmovisión a través de un sinfín de seres mitológicos que han servido para explicar el nacimiento del Cielo, de la Tierra, de los seres humanos y de todo cuanto hay y sucede en el planeta.

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Al estudiar las civilizaciones más desarrolladas y antiguas del planeta, no deja de llamar poderosamente la atención el sinnúmero de similitudes existentes entre ellas, más allá del espacio y del tiempo que las separan. De alguna manera, sin duda de forma inconsciente, irracional e intuitiva, los hombres primitivos percibieron los mismos arquetipos de la creación y de la vida, que se han convertido en los ladrillos fundamentales sobre los que se construyeron todas las civilizaciones.

China no ha sido una excepción.

Pangu, el gigante que separó el Cielo de la Tierra y la pareja formada por Fuxi y Nüwa — la personificación de la polaridad complementaria del Yin-Yang— son, junto con varios tipos de dragones, los únicos entes mitológicos representantes de seres propiamente suprahumanos. El resto (Huang Di –el Emperador Amarillo-, Yandi, Shen Nong o Yü el Grande, entre otros) fueron mitos humanizados, a los que se muestra como personas que destacaron por sus características especiales para liderar al primitivo pueblo chino.

De hecho, se piensa que antiguos líderes tribales reales pudieron ejercer durante diferentes generaciones los roles que a estos padres míticos de la creación de la nación china se les atribuyen. Buen ejemplo de ello está en los Registros Históricos (Shǐjì, 史記) de Sima Qian (c. 145 a. C. – 90 a. C.), donde se describe la existencia de Yü el Grande y de su hijo llamado Qi, que fue quien dio comienzo a la dinastía Xia, la primera dinastía de China. Vestigios arqueológicos descubiertos recientemente han confirmado la existencia de esta dinastía, que se consideraba mítica, y la propia existencia de Yü el Grande y de su hijo —que también se consideraban mitos—, en los emplazamientos que refería el gran historiador chino Sima Qian.

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Esta mitificación de personas reales es algo muy característico de la cultura china, por lo que se observa en su mitología y en su cosmología una organicidad sistémica en la que los humanos forman parte de un todo indivisible. En ellas no se establece una jerarquía de superioridad, sino de complementariedad, lo que marca una gran diferencia con otras tradiciones mitológicas, en las que dioses y humanos están inexorablemente aislados en una jerarquía vertical y estanca en la que los humanos son obligados a sufrir los caprichos y las iras de los dioses, que con frecuencia no se muestran ni buenos ni justos.

Si ya resultaba más que llamativa la similitud entre numerosos seres mitológicos y principios cosmogónicos de las distintas culturas, resulta aún mucho más sorprendente que, desde la cosmología científica, podamos observar también importantes similitudes esenciales, más allá de la estética, de la narrativa y de la idiosincrasia propia de cada cultura.

La cosmología está fuertemente relacionada con la filosofía, hasta el punto de que, no hace mucho tiempo, se definía como «el conocimiento filosófico de las leyes generales que rigen el mundo físico». Más tarde, recibió una definición más científica: «Parte de la astronomía que trata de las leyes generales, del origen y de la evolución del universo»; a fin de cuentas, hoy en día la cosmología es una ciencia y, como tal, tiene unos objetivos y métodos diferentes de la filosofía. No obstante, muchos planteamientos de la cosmología científica son perfectamente compatibles con los principios de la cosmología china. A saber: la singularidad donde comienza el Big Bang y termina el Big Crunch, la segunda ley de la termodinámicala energía y la materia ni se crean ni se destruyen tan sólo se transforman»), los postulados del binomio materia-antimateria y la dualidad onda-partícula (entre otros), que nos acercan vertiginosamente a conceptos cosmológicos chinos como son el (气, energía), el Wuji (无极, singularidad), el Tao (Dao, 道) o el Yin-Yang (阴阳).

Cuando queremos conocer la esencia de una cultura distinta de la nuestra, como es el caso de la cultura china, es frecuente que comencemos por el estudio comparativo de su filosofía, ya que está en el sustrato inferior sobre el que se sustenta toda la arquitectura social de una cultura o país. En el caso chino, nos iniciamos con el estudio del taoísmo y del confucionismo para, desde ahí, ir adentrándonos en la sociedad e historia de China.

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Los ya comentados conceptos taoístas que enamoran y sorprenden a los occidentales guardan diferencias y similitudes con el antiguo modelo griego. Por ejemplo, difieren en la definición de éter que Platón mencionara por primera vez en el Timeo y que, más tarde y con más profundidad, Aristóteles extendiera al concepto de las esferas cristalinas hechas de éter que contendrían los cuerpos celestes en su modelo geocéntrico y geoestático del sistema solar, convirtiendo al éter en el quinto elemento del modelo griego. Igualmente, el concepto que Parménides formuló en su «Ley de Identidad», que más tarde Platón en La República rebautiza como «Principio de no contradicción» y que, finalmente, Aristóteles difundiera en su Metafísica llegándonos así hasta hoy en día con ese mismo nombre, no son homologables a ninguno de los principios de la cosmología china. Por el contrario, sí existe un claro parentesco entre el Pneuma griego y el Qì chino, y entre los Cuatro Elementos de Empédocles (c. 450 a. C.) y los Cinco Movimientos chinos; por lo tanto, la distancia que nos separa es real, pero está lejos de ser insalvable.

Pilar del pilar

Aunque la filosofía es el pilar que sostiene y estructura las culturas humanas, existe un pilar del pilar, que es el plano inferior de toda la estructura. Me estoy refiriendo de nuevo a la cosmología, ya que, al ser parte integrante de la filosofía y de la astronomía básica, se convierte necesariamente en el sustrato inferior del soporte principal que es la filosofía. Por ese motivo, es crucial su comprensión para entender todo el edificio que sobre ella se erige.

Comparativamente hablando, es cierto que algunas cosmologías han quedado como un vestigio antiguo de historias míticas entre dioses, titanes y humanos, que han sido ampliamente superadas por una filosofía más desarrollada y elaborada, como es el caso de la filosofía clásica griega; por el contrario, la cosmología china expande sus ramas desde los principios del taoísmo arcaico —en la noche de los tiempos—, a través del cual penetró en la mayoría de las escuelas filosóficas y religiosas chinas hasta llegar a permear las ciencias chinas de la antigüedad y situarse en el epicentro de su cultura, llegando incluso hasta hoy en día.

La cosmología china no se fundamenta en la suma de una serie de mitos nacidos de la mente mágica arcaica de los antiguos chinos sin ninguna conexión con la realidad filosófica y material del universo y de la vida. Muy por el contrario, se plasma en tratamientos reales y curativos de la Medicina China que aún hoy siguen mostrando su eficacia terapéutica en los cinco continentes, en la armonización de lugares de trabajo o de residencia (Feng Shui, 风水) y en el desarrollo espiritual y trascendente de las personas a través de la Alquimia china y del budismo Chan —precursora del conocido budismo Zen—. Igualmente, encontramos la cosmología china perfectamente integrada en los principios de las artes marciales chinas, que se dividen en internas, como el Tai Chi Chuan (太極拳), y externas, como el Kung Fu (功夫) y una multitud de estilos agrupados en el término general de Wushu (武术). Y desde China, estas artes marciales externas inspiraron otras que nacieron en Japón, como el Aikido, el Karate, el Judo…; o en Corea, como el Hapkido y el Taekwondo.

Cosmología china

De la misma manera, la cosmología china se encuentra presente en las técnicas dirigidas al mantenimiento y fortalecimiento de la salud. La más antigua de ellas fue el Dao Yin, que data de tiempos neolíticos, y algo posterior fue el Qi Gong (氣功), que engloba diferentes métodos y técnicas en el mismo sentido, como el conocido Yang Sheng (养生, nutrir la vida), muy utilizado por los monjes taoístas de las sagradas montañas de Wu Dang (武当山), en la provincia china de Hubei.

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Si analizamos algunos de los textos canónicos de la cultura china [el I Ching (Yì Jīng, 易经, o libro de las Mutaciones), el Tao Te Ching (Dào Dé Jīng, 道德经), el Zhuangzi (庄子, epónimo del autor), el Lie Zi (列子), el Canon Interno del Emperador Amarillo (Huang Di Nei Jing, 黄帝内经), etc.)], encontramos innumerables conceptos cosmológicos que forman parte de los núcleos más íntimos de cada una de estas obras. En todos los casos, se pueden mostrar como textos indescifrables para el lector occidental neófito que no tenga una base suficiente de cosmología china. De hecho, todos los textos citados son arcanos impenetrables para aquellos que desconozcan los principios de la cosmología china.

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Desde el primer momento en que los occidentales contactaron con la antigua China, la admiración y la incomprensión los acompañaron por partes iguales. Hoy en día, somos muchos los occidentales irremediablemente atraídos por una cultura que no deja de fascinarnos, aunque frecuentemente no sepamos explicar el porqué. Unos nos acercamos a China por su filosofía, otros por su medicina, por sus artes marciales, caligrafía, inventos, artesanías, estética, artes, etc. Sea cual sea nuestro punto de partida, tarde o temprano cerraremos el círculo y ahondaremos en todos los aspectos más importantes de su cultura, pero nuestro éxito o fracaso dependerá del grado de conocimiento que tengamos de su cosmología. Una vez que ésta sea conocida por nosotros (tarea mucho más accesible de lo que parece a primera vista), el resto del inmenso puzle que es la cultura china se irá encajando por sí solo, pieza a pieza, constituyendo el lienzo donde la cultura china, en pleno, se mostrará meridiana y diáfana ante nosotros, convirtiéndonos en testigos de excepción de cómo la fusión de las cosmovisiones chinas y occidentales son completamente posibles y necesarias.

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