Una pandemia, dos sistemas

Autor: Rafael Mora

Desde que se puso de manifiesto la epidemia de la Covid-19, que pronto se convirtió en pandemia, a nivel mundial se han utilizado dos sistemas completamente diferentes para afrontar el problema: el sistema chino y el otro sistema. El sistema chino no fue utilizado por ningún otro país, ni siquiera por sus vecinos afectados más cercanos; por el contrario, estos países adoptaron una estrategia que, posteriormente, se hizo norma y práctica habitual en Italia, para más tarde expandirse por el resto de Europa y, después, por todo el planeta. Veamos sus diferencias.

El sistema chino:

Desde el primer momento, el gobierno chino se echó a un lado y puso al frente al máximo experto del país el doctor Zhong Nanshan, epidemiólogo y neumólogo que descubrió el SARS-CoV1 en 2003, virus responsable del Síndrome Respiratorio Agudo que golpeó a China y a una treintena de países más, infectando a 8.422 personas de las cuales 916 murieron.

Al doctor Zhong Nanshan se le dieron plenos poderes para que dirigiera la reacción frente a la pandemia como él considerase necesario, basándose exclusivamente en criterios científicos de salud pública y de epidemiología. Esta decisión del gobierno chino fue respetada y mantenida en todo momento, por lo que era habitual que en la televisión de China no apareciesen ni el Ministro de Sanidad ni otros políticos, sino que compareciese él, frecuentemente hablando de las medidas que se estaban tomando, de la evolución de la epidemia, de las restricciones que se iban a imponer y de la actitud que se exigía a sus conciudadanos para que colaborasen para la consecución del objetivo común.

El confinamiento fue directamente proporcional al número de casos registrados y a su gravedad; por ello, Wuhan fue cerrada a cal y canto, mientras que otras ciudades y regiones sufrieron restricciones a la movilidad muy inferiores, ya que el confinamiento se realizaba de forma concéntrica, siendo más férreo en la zona más afectada y más tolerante en las zonas adyacentes con menos infectados. Así, millones de personas sufrieron un confinamiento obligatorio; se les realizó un seguimiento individualizado a través de sus dispositivos móviles personales y se les obligó a utilizar mascarillas a las pocas personas que se les permitía una movilidad reducida.

Este estado puramente orwelliano fue complementado con la creación de varios hospitales ex novo en un tiempo récord; con la creación de las llamadas Arcas de Noé, donde se ingresó a los pacientes más leves para que no contagiasen a otras personas; se llevaron cantidades ingentes de insumos médicos (respiradores, equipos EPI, mascarillas…); se reclutó una legión de personal médico y de enfermería, que fueron llevados al epicentro de la epidemia en Wuhan; se readaptaron industrias para la producción masiva de equipos y materiales sanitarios; se coordinó el reparto de comida a domicilio, a través de los propios vecinos de las comunidades con las empresas de reparto domiciliario; y se desarrollaron y administraron masivamente las primeras pruebas diagnósticas, siendo ésta una de las cuestiones clave para realizar los estudios epidemiológicos adecuados y así conocer la situación real de la expansión del virus y para el seguimiento de su trazabilidad.

Sin ánimo de caer en exageraciones, se puede decir que toda China se unió y coordinó trabajando al unísono, sacrificando lo individual por mor de un bien mayor: en el más puro estilo de la cultura china. 

El sistema chino se basó en la estrategia de erradicación del virus fuera cual fuera el precio a pagar a corto plazo, ya que dadas las experiencias anteriores que habían sufrido, eran conocedores de que una rápida reacción inicial era la clave para la completa eliminación del virus en un plazo breve de tiempo. Dicho de otra manera, la rápida limitación de la movilidad y el subsiguiente parón económico son la clave para acortar el tiempo para la desaparición del virus y para la vuelta a la normalidad social y económica. Por ello, cuanto más rápidas y severas sean las restricciones, más vidas se salvarán, menos personas quedarán con secuelas de por vida y más pronto se recuperará la economía. Esa es la propuesta china.

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El otro sistema:

Cuando la todavía epidemia saltó fuera de China, la mayor parte de las autoridades sanitarias de otros países reaccionaron con lentitud y con restricciones parciales, porque pensaban que así no crearían alarma social y que, de esta manera, el impacto económico que pudieran sufrir sus economías seguro que sería mucho menor. El tiempo demostró que los éxitos iniciales fueron claramente insuficientes a medio y largo plazo.

En Europa vivimos la epidemia de China entre la indiferencia y la estupefacción, porque el fenómeno nos recordaba al que ya se vivió en allí durante el 2003, el ya mencionado Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SRAG), más conocido por sus siglas en inglés SARS y que quedó circunscrito al continente asiático. Pero esta vez no fue así, y el virus no respetó las distancias y pronto brotó con gran fuerza en Italia. La secuencia de expansión por el resto del planeta es ya de todos conocida. ¿Cuál fue la estrategia elegida para enfrentarlo?

Este sistema se centró en la estrategia de convivencia con el virus; es decir, se aceptó que la erradicación absoluta del virus era imposible o al menos inviable en términos económicos. Por lo que se refiere a la gestión del binomio riesgo-beneficio, se sacrificó la salud pública para intentar perjudicar lo menos posible a la economía.

Los confinamientos y restricciones, en toda su variedad, llegaron y se repitieron ola tras ola del virus. Por lo tanto, tenemos que habituarnos a convivir con un virus desconocido, que siempre va varios pasos por delante de nosotros. Y esto continuará así, hasta que se descubra un fármaco que cure la Codiv-19 y hasta que una o varias vacunas inmunicen con efectividad a más del 70% de la población. Cosa que seguro que no pasará, ni este año ni el que viene.

Los gobiernos planificaron una serie escalonada de medidas organizadas in crescendo o decrescendo dependiendo de los datos epidemiológicos de cada país y región. Como los primeros datos oficiales que se publicaron hacían pensar que el virus era altamente infectivo, pero de baja mortalidad, los políticos decidieron que lo mejor era recurrir a la llamada Inmunidad de Grupo; es decir, que se contagien cuanto antes más de un 60% de la población, para que así los anticuerpos que van a generar esas personas cuando terminen de superar la infección, nos sirvan para frenar en seco la diseminación comunitaria del virus. Pero no funcionó, porque la letalidad del virus había sido minusvalorada, y las morgues comenzaban a colapsarse, al igual que las Unidades de Cuidados Intensivos de los hospitales.

Pronto comenzaron a manifestarse las carencias de insumos médicos, de profesionales sanitarios, de coordinación entre las diferentes administraciones públicas en sus distintos niveles, desde los locales y regionales hasta los nacionales y supranacionales. Los momentos más duros de la pandemia se caracterizaron porque todas las administraciones (pequeñas y grandes) y todos los países entraron en una batalla campal para comprar los materiales que necesitaban, que no eran capaces de fabricar y, en definitiva, que no habían sabido prever para salvar vidas.

Al final, todos los gobernantes reconocen que esta pesadilla acabará el día en que se descubra la vacuna salvadora, y mientras esperamos a que llegue ese agraciado día, somos confinados selectivamente por motivos completamente científicos y sanitarios que, casualmente, coinciden con los meses precedentes a las campañas de verano, de navidad, de primavera, etc.; seguramente, es una ingenua coincidencia.

Otros gobernantes se ponen en modo negacionista, y no lo hacen por falta de asesoramiento sanitario, sino porque anteponen, con toda rotundidad, la economía a la salud de las personas sin el menor disimulo. No obstante, es evidente que ni salvan vidas ni salvan la economía, al menos la general, aunque tal vez sí que existan algunas grandes multinacionales que hayan salido beneficiadas de la no respuesta de su gobierno frente a la pandemia.

Comparando ambos sistemas:

A pesar de que China fue el epicentro de la pandemia y que sorprendió al gobierno chino desprevenido, lo que originó una notable confusión durante la aparición de los primeros casos, China se enorgullece, con motivos, de haber erradicado por completo la transmisión local del virus en unos seis meses (lo que no excluye contagios foráneos puntuales en sus fronteras). Desde el punto de vista sanitario, su éxito no tiene parangón ni objeción posible. Desde el punto de vista económico, China será el único país del planeta que tenga un crecimiento positivo durante el 2020, se estima que será en torno al 2% y su economía ha delineado una “V” casi perfecta. Es cierto que el dinero perdido y que el gasto realizado ha sido notable, pero no es menos cierto que su gasto se ha convertido en inversión en salud y calidad de vida para su pueblo, y que su economía no sólo se está recuperando, sino que ha sido capaz de modernizarse aún más rápidamente, dirigiendo sus esfuerzos al fortalecimiento de su sistema sanitario, hacia el teletrabajo, la teleenseñanza y el reparto a domicilio, gracias al despliegue del 5G y de los sistemas de inteligencia artificial. Igualmente, han prestado ayuda sanitaria a multitud de países con el envío de materiales médicos, y todo ello sin olvidar las vacunas que previsiblemente pronto estarán listas para la distribución nacional e internacional. China es experta en conciliar los opuestos aplicado la antigua filosofía del Yin-Yang, lo que ha demostrado una vez más. Así pues, incluso durante una pandemia, salud y economía han sido dos polos opuestos y complementarios que han sabido integrar en un todo orgánico por el bien del país y de su pueblo. Todo en la vida es una cuestión de equilibrios: eso es la vida. La organicidad de la sociedad china ha sido la clave de su rotundo éxito.

El otro sistema ha generado diferentes submodelos de gestión.  Unos han sabido llegar a un estado intermedio en el binomio salud-economía, como Nueva Zelanda, Singapur, Malasia, Corea, Japón y Taiwán. Su éxito parcial se ha basado en la reacción rápida y tajante, y en el autoaislamiento. Otros submodelos, como los aplicados en buena parte del continente americano, se encuentran justo en las antípodas por su nula reacción, por lo que sus cifras de afectados y muertos son realmente escandalosas. Y el otro submodelo, el europeo, se ha mostrado completamente incapaz de contener el virus y, al igual que el resto de modelos que sólo pretenden convivir con el virus, ha sido un fracaso que cabalga entre valles y picos, pero sin un final cercano. Con este sistema sólo se pretende comprar tiempo mientras se desarrollan fármacos y vacunas adecuadas, pero dicha compra se está pagando con la salud, la vida y la pobreza de millones de personas. Y la situación económica es tan dramática que ya han comenzado los disturbios callejeros y los enfrentamientos directos con la policía.

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Rafael de Mora es naturópata, técnico en Medicina Tradicional China, director del centro Signatura Natural y autor de la obra: Historia de la Medicina China.

Conclusiones:

Fuera de China, y menos aún en Occidente, ningún político o persona que estime en algo su imagen social es capaz de reconocer el éxito del modelo chino y el fracaso del occidental. Este excepcionalismo occidental se sigue mostrando con claridad ante la incredulidad y desconfianza de los datos que China aporta: «Si vienen de China y encima son mucho mejores que los nuestros, necesariamente han de ser falsos, ¿cómo van los chinos con sus métodos totalitarios a hacerlo mejor que nosotros?» —se piensa en Occidente—.

La estrategia que se estaba implementando en China se consideraba imposible de extrapolar a países democráticos, según decían «los expertos de las tertulias» y, en general, todos los políticos, vituperando a China. Porque seguimos pensando que la estrategia de erradicación del virus (la china) sólo es posible aplicarla en países totalitarios, por lo que no había, ni hay, posibilidad de usar una estrategia parecida en nuestro mundo occidental. La excusa/argumento que se emplea para mantener esta hipótesis es que, en una democracia, es más difícil ponerse de acuerdo en una estrategia común para una región o Estado que en un sistema totalitario como el chino. Esto es evidentemente cierto, pero Nueva Zelanda, Japón, Taiwán, Malasia y Corea del Sur son democracias que han actuado con unos parámetros muy poco diferentes de los chinos: con peores resultados que éstos, pero mucho mejores que el resto del planeta. Así pues, no es una cuestión de sistema político, sino una cuestión de voluntad política.

El falso debate sobre la primacía de la salud o de la economía no ha hecho más que dañar y dividir aún más a los ciudadanos occidentales. Me recuerda a esas disquisiciones bizantinas entre los monofisitas y los diofisitas, que no resuelven los problemas, pero que nos mantienen distraídos mientras seguimos dirigiéndonos hacia el abismo en caída libre.

Es notable la ausencia de sensibilidad que han expresado los dirigentes frente a las innumerables críticas de los verdaderos expertos en salud, como estos acertadísimamente han dicho  a los políticos españoles: «En salud, ustedes mandan, pero no saben». Yo añadiría: «ni les interesa lo más mínimo lo que decimos».

Más allá de las ideologías políticas de cada cual, y analizando la cuestión desde el punto de vista de los resultados, el sistema chino ha salvado a su país y a su gente, sanitariamente y económicamente hablando. El otro sistema u occidental está fracasando estrepitosamente en la gestión sanitaria y en la económica. Esto es un hecho. No pienso que esto, necesariamente, demuestre que el sistema político chino sea superior al occidental, pero no cabe duda de que China ha gestionado la pandemia de una manera envidiable, que es digna de admiración y respeto. ¡Ojalá los resultados de nuestro sistema se hubieran, al menos, acercado al modelo chino! Aunque siempre podemos continuar consolándonos y autoconvenciéndonos de que todos los datos que vienen de China son mentira, y podemos seguir creyéndonos toda la propaganda mediática con claro sesgo antichino.

Los científicos más entusiastas piensan que no habremos superado totalmente la pandemia hasta dentro de un año o año y medio, como poco. Hasta entonces, seguiremos navegando de ola en ola, o mejor dicho, de Tsunami en Tsunami sin solución de continuidad, rezando de rodillas para que llegue pronto la redentora vacuna y el mesiánico tratamiento que nos salve. ¿Se imaginan el daño sanitario y económico que aún está por venir? Y cuando, por fin, acabe esta pesadilla, probablemente a finales de 2022 –según dicen algunos expertos–, habrá que preguntarse: ¿Cuántas personas se habrán quedado por el camino en términos de salud y económicos? ¿Cuántos lustros necesitaremos para volver a los niveles económicos que dejamos en 2019? Y, mientras tanto, tras esta crisis planetaria sin parangón, que empequeñece a la crisis de las subprime de 2008, ¿dónde estará China?

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